17 AGO | 09:08

Las últimas horas de San Martín

Enfermo, melancólico y el milagro de su estatua en Boulogne sur Mer. Aquejado de viejos problemas gástricos, cataratas y reuma, el 17 de agosto de 1850 murió el Libertador. Por Adrián Pignatelli
Estuvo lúcido hasta el final. Además, la curiosa historia detrás del monumento ecuestre que lo homenajea en la ciudad donde falleció
 
 
 La única imagen que se conserva de José de San Martín, tomada dos años antes de su fallecimiento
 
 
Ese sábado 17 de agosto San Martín se levantó sereno y fue a la habitación de su hija como hacía habitualmente para que le leyera los diarios. Por las cataratas que sufría, hacía tiempo que él no podía hacerlo.
 
Sargento Cabral, el correntino hijo de esclavos que murió por salvar a San Martín en el combate de San Lorenzo
 
 
Las máximas de San Martín para Merceditas “dignas de ser enseñadas en todos los hogares y en todas las escuelas”
 
 
 
Había amanecido nublado en Boulogne Sur Mer, una ciudad costera frente al Canal de la Mancha, de unos treinta mil habitantes, cuyo número crecía en los veranos por los miles de ingleses que iban a tomar baños de mar. En 1850 se había habilitado un natatorio de agua de mar caliente. Usado por los romanos como base de operaciones cuando invadieron Gran Bretaña, por siglos fue un puerto natural y la puerta de entrada de potencias invasoras a lo largo de la historia de Francia.
 
A los 71 años, el anciano general le confesaba al general Ramón Castilla, presidente del Perú, tener una salud enteramente arruinada y estar casi ciego por las cataratas, sin contar con sus problemas estomacales, que arrastraba desde los tiempos del cruce de los Andes. El clima frío y húmedo de la ciudad no ayudaba a su maltrecha salud.
 
En París había consultado a varios oculistas, y todos le dieron el mismo diagnóstico, que sólo podrían operarlo cuando las cataratas madurasen, esto es, cuando ya no viera más. En 1849 se intentó una operación, que no tuvo los resultados esperados.
 
Luego de un frustrado viaje al país en 1828, regresó a Bruselas. Cuando en Francia la revolución de julio de 1830 determinó la caída del borbón Carlos X y el ascenso al trono de Luis Felipe I de Orleans, se mudó a París, un poco por insistencia de su amigo Alejandro María Aguado. En la capital francesa, alquilaba en el número 1 de la calle Neuve Saint Georges una casa que en 1835 pudo comprar.
 
Vivía del alquiler de una propiedad de Buenos Aires y Aguado le había cedido parte de su fortuna. Hacía tiempo que nuestro país, Chile y Perú se habían olvidado de él, y ya no recibía las pensiones.
 
 
Por siempre Merceditas, su hija se mantuvo a su lado hasta el final
Por 1833 había intentado calmar sus dolencias con baños en Aix-les Bains. “Lejos de hacerme el bien que experimenté el año pasado y que me prometí al presente, me produjeron violentos ataques de nervios y me debilitaron al extremo de haber tenido que cumplir más de un mes en el regreso”, escribió.
 
Para estar cerca de su amigo, adquirió una casa en Evry sur Seine, una comuna de unos 700 habitantes, a 40 kilómetros al sur de París. A la casa -que pudo comprar gracias a la ayuda del propio Aguado- la llamó Grand Bourg, vecina a la de aquel. Era una construcción de tres plantas, en un terreno de una hectárea. Allí pasaba desde Semana Santa hasta el día de los difuntos.
 
Le gustaba caminar por los jardines, pasear con sus nietas y cuidar de las flores, especialmente las dalias. Por las tardes tenía la costumbre de tomar mate con Aguado. A veces el poeta Florencio Balcarce, hermano de su yerno, se quedaba en la casa largas temporadas. Pasaba el tiempo limpiando sus pistolas y escopetas, que alternaba con trabajos de carpintería.
 
Allí también lo visitaron Domingo F. Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. “Lo esperaba más alto, lo creía un indio como tantas veces me lo habían pintado y no es más que un hombre de color moreno. Al ver el modo cómo se considera él mismo se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así”, recordó el tucumano.
 
En Boulogne Sur Mer, alquilaba un piso, en el que se vivía con su hija, yerno y sus dos nietas
 
Nuevamente, con la revolución de 1848, se mudó a Boulogne sur Mer, “para evitar el que mi familia volviese a presenciar las trágicas escenas que desde la revolución de febrero se han sucedido en París, resolví transportarla a este punto”.
 
Se calcula que antes de abandonar París, su hija finalmente lo convenció de que accediera a posar para un daguerrotipo, la sensación del momento. Se presume que fueron al estudio de Robert Jefferson Bingham, un inglés que se había radicado en la capital francesa. Le tomaron dos, y uno se extravió. El que se conserva mide 12 por 10 centímetros y está en un marco oval de madera.
 
Para algunos, la idea original de San Martín era radicarse en Inglaterra o regresar a su casa de campo de Grand Bourg. Alquiló un segundo piso, con cinco habitaciones en la Gran Rue 105, en una vivienda que pertenecía a Adolphe Gerard, un abogado que además era el bibliotecario de la ciudad. Allí se mudó, para cuidarlo, su hija Mercedes con su esposo Mariano Balcarce y sus dos hijas. En la planta baja el dueño tenía su estudio y en el tercer piso vivía con su esposa y tres hijos.
 
Le leían los periódicos y los libros y le costaba mucho tener que dictar su propia correspondencia, confesó que nunca se acostumbró a ello. Pasaba largas horas hablando con Gerard, quien haría una primera semblanza del argentino cuatro días después de muerto. El anciano hablaba francés, inglés, italiano, griego y latín y ambos compartían inquietudes culturales.
 
En junio de 1850 fue a tomar baños a las termas de Enghien-les-Bains, recomendados para el tratamiento del reuma. Félix Frías, que se lo encontró casualmente, lo vio totalmente lúcido, aunque un tanto melancólico, cuando hablaba de América, y encerrado en sí mismo.
 
El 6 de agosto realizó su último paseo, y tuvieron que ayudarlo a descender del carruaje y a subir las escaleras de su casa, de lo extenuado que estaba.
 
 
Los días pasaron con molestias, que le provocaban arranques de mal humor. Sin embargo, el 16 amaneció de buen ánimo. Comentó con Mercedes el elevado número de bañistas que se habían ahogado, había mucha gente y pocos bañeros para controlarlos. Para ello, un lord inglés anunció que regalaría a la ciudad un bote a hélice para ayudar en el auxilio de los veraneantes. La ciudad había sido adornada porque al otro día llegaría la embarcación.
 
Ese 17 no tenía fiebre aunque disimulaba sus ataques de dolor con una sonrisa frente a su hija, para que no se preocupase. Decía que “era la tempestad que lleva al puerto”.
 
El médico insistía en que una Hermana de la Caridad podría cuidarlo y así aliviar un poco a su hija, pero Mercedes no quiso saber nada.
 
Cuatro días antes, San Martín ya sufría de agudos dolores de estómago, que lograba calmar con opio, en dosis mayores a las recomendadas. Tuvo ataques febriles. Sin embargo, su familia no imaginaba ese desenlace.
 
Esa mañana su yerno partió a realizar un trámite. Al mediodía, el general almorzó frugalmente, como hacía habitualmente. Lo había ayudado a vestirse el peruano Eusebio Soto, su fiel sirviente. Acompañaba a San Martín desde sus tiempos en Lima, cuando contaba diez años. Con los años, se transformó en el hombre de extrema confianza en la familia, se adaptó a Europa y hablaba el francés en forma fluida. En 1840, a los 28 años se casó con la española Lorenza Bustos, criada de los Aguado.
 
A las dos de la tarde, lo sorprendieron fuertes dolores de estómago. Estaba su médico Dr. Jordán, al que habían mandado llamar. En un primer momento, no le dio demasiada importancia al cuadro que presentaba su paciente, ya que eran ataques que ya había sufrido con anterioridad. San Martín, recostado en la cama de su hija, pidió ser llevado a su habitación.
 
 
Descripción publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano del sepulcro de San Martín, con la posición en la que se encuentra el féretro (Síntesis documental Sanmartiniana)
A las tres de la tarde, presintió el fin. Sintió una convulsión y con gestos, ya que casi no podía hablar, le pidió a su yerno que alejase a su hija, y falleció. La tradición cuenta que tanto su reloj de bolsillo como el que estaba en la sala, se pararon a esa misma hora.
 
Fue velado durante el 18. Por la mañana se redactó el acta de defunción, que certificaba que San Martín, de 72 años, cinco meses y 23 días de edad, había fallecido el 17 a las tres de la tarde. Firmaron el acta Adolphe Gerard y Francisco Rosales, encargado de negocios de Chile. Ese mismo día fallecía Honoré de Balzac.
 
Colocaron un crucifijo sobre su pecho, otro en una mesa entre dos velas, mientras dos hermanas de la caridad rezaban.
 
El 19 fue colocado en un féretro. El 20, a las 6 de la mañana el cortejo partió hacia la iglesia de San Nicolás. Acompañaban al carruaje con sus cuatro faroles encendidos y tapados con crespones negros, su yerno Balcarce; a su derecha Darthez, amigo de San Martín y a la izquierda Francisco Javier Rosales, encargado de negocios de Chile. Los seguían José Guerrico, Adolphe Gerard y Seguier, vecino de Boulogne. Nadie más.
 
En San Nicolás hubo un rezo y partieron hacia la catedral, ubicada en la zona alta de la ciudad. Fue depositado en una de las bóvedas por indicación del abate Haffreingue. Sería provisoriamente, porque la intención fue la de cumplir el último deseo de San Martín, de reposar en Buenos Aires. En 1861 fueron trasladados al sepulcro que los Balcarce poseían en el cementerio de Brunoy. En esa ciudad, a 20 kilómetros de París, su yerno había comprado una mansión, el “Petit Chateau” que había pertenecido, entre otros, al conde de Provenza, hermano de Luis XVI y quien luego sería el rey Luis XVIII.
 
Gerard, el dueño de casa confesó que “su pérdida deja en ella un vacío que se reproduce en nuestras almas, y que no se llenará pronto”.
 
En 1864 una ley cuya autoría fue de Adolfo Alsina y Martín Ruiz Moreno, autorizaba al gobierno a iniciar las gestiones para repatriar los restos. Habría que esperar otros 16 años, durante el fin de la presidencia de Nicolás Avellaneda, cuando el 28 de mayo de 1880 arribó en el muelle de las Catalinas el vapor Villarino el féretro de dos metros de largo por sesenta centímetros de altura con los restos del prócer. Sarmiento, quien lo había conocido en mayo de 1846 en Grand Bourg, encabezó la comisión de repatriación.
 
 
Lo llaman el milagro del general. El monumento al Libertador, en Boulogne sur Mer, cuando se salvó de los bombardeos aliados durante la segunda guerra mundial
 
 
Su cuerpo embalsamado estaba protegido por cuatro ataúdes, dos de plomo, uno de abeto y otro de roble. En la nave central de la Catedral, se realizó un oficio religioso y luego fue depositado en la cripta de los Canónigos, hasta que estuviera listo el sepulcro, que se construía donde estaba el altar de Nuestra Señora de la Paz.
 
San Martín no descansa en la parte superior del monumento, compuesto por una urna negra. El féretro fue acomodado inclinado, y su cabeza está a la altura de los visitantes. La lámpara votiva, en el frente de la Catedral, fue proyectada y construida en la Escuela Nacional de Bellas Artes.
 
Desde 1933, el 17 de agosto se declaró Día de San Martín, pero no era feriado. El decreto establecía suspender durante cinco minutos las tareas en reparticiones públicas y que el día anterior se brindasen conferencias sobre su personalidad y su obra en las escuelas.
 
El 24 de octubre de 1909, en el boulevard Saint Beauve, se inauguró en Boulogne sur Mer una estatua ecuestre, la primera en Europa en su homenaje. Viajó una delegación de 120 granaderos y uno de ellos, Juan Rabuffi, falleció de una enfermedad pulmonar. Sus restos volvieron en la fragata Libertad, en su viaje de 1967.
 
No se sabe cómo el monumento salió indemne de los devastadores bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, ya que en esa ciudad los alemanes habían instalado una base de submarinos. El 15 de junio de 1944 fue uno de las peores jornadas: se arrojaron 1200 toneladas de bombas, lo que provocó la desaparición de barrios enteros. Sin embargo, el monumento, salvo marcas de esquirlas, no sufrió daños. Por años se habló del milagro de la estatua del general, aquel que se sumía en la melancolía cuando hablaba de América, que seguramente le traía muchos recuerdos, de los buenos y también de los amargos.
 
infobae.com

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